Tenía 4 o 5 años
Me daba miedo la oscuridad.
Y los vampiros.
Y las brujas.
Y los espíritus.
Pero sobre todo, me daban miedo los fantasmas.
Dicen que es normal.
Que los niños siempre tienen miedo a esas cosas.
Pero a mí me hacían sentirme muy pequeña
Me anulaban
Y eso dolía.
Era un miedo que no venía de fuera.
Venía de dentro.
Como si algo habitara en mí…
y yo no supiera cómo echarlo.
Buscaba compañía.
Refugio.
A veces lo encontraba…el calor de mi hermano, su cama, su respiración.
Dormir con él, era apagar los monstruos.
Pero eso no podía hacerlo todas las noches…
y no me quedaba otra que llorar en silencio en mi cama tapada hasta los ojos.
Así que aprendí a convivir con ellos.
Y los monstruos crecieron conmigo.
Se vistieron de inseguridad.
De perfeccionismo.
De “no encajas”.
De “no llores”.
De “sé fuerte”.
De “no seas rara”.
De “¿por qué no eres como los demás?”
Y ahí me rompí.
Silenciosamente.
Cada día.
Cada gesto.
Cada sonrisa forzada.
Cada vez que me miraba al espejo y no sabía quién era.
Porque no era yo quien hablaba.
Era “ÉL”.
El señor “X”.
Ese que dirige tu vida sin que te des cuenta.
El que te hace reaccionar como “siempre”.
Actuar como crees que debes.
Ser lo que se espera.
Y así… vas viviendo o mejor dicho… sobreviviendo.
Con la armadura puesta.
Con el miedo maquillado.
Con el alma en pausa.
“No hay dolor más grande que mirarte… y no reconocerte.”
He llorado en silencio por no poder ser.
He sentido que me estaba volviendo loca.
He odiado este mundo por sentir que no encajaba en él.
He creído que era una rebelde…
cuando solo era una niña sin herramientas para sostener lo que sentía.
Y entonces pasó algo.
Un día vi mis trozos.
Caídos.
Esparcidos.
Y me dije: “No queda otra. A pegarlos”.
Cogí uno. Luego otro.
Algunos ya no encajaban.
Otros no quería volver a ponérmelos.
Así que los dejé ir.
Y entendí que romperse no es el problema.
El problema es verte siempre rota.
El problema es no saber que puedes reconstruirte.

Desde entonces, lo hago a diario.
Me rompo. Me veo. Me abrazo. Me reconstruyo
Y vuelvo a empezar.
Con menos peso.
Con más verdad.
Con más alma.
Hoy sé que mis fantasmas no venían a destruirme.
Venían a mostrarme.
A revelarme dónde dolía.
Dónde no era libre.
Dónde aún no era yo.
🔹 Por eso acompaño a otras personas.
🔹 Porque he caminado descalza entre cristales.
🔹 Porque he dormido con mis monstruos.
🔹 Porque no hablo de lo que leí. Hablo de lo que viví.
🔹 Porque transito mi propia vida.
Y porque cuando sea viejecita…
y me siente al sol, con el pelo blanco y la mirada firme,
le diré a mi señor “X”:
“Lo intentaste… pero te vi. Me enseñaste el camino más largo pero el mas verdadero: el que lleva a mí. Te disfrazaste de miedo, pero eras mi guía. Gracias a ti, me rompí. Y gracias a mí… volví a nacer a diario.”
Y ahora…
con las grietas por donde entra la luz,
con la voz que cuando tiembla la escucho,
con los ojos limpios por cada lágrima derramada…
Aquí estoy.
Sin armadura.
Abriéndome a lo que mi fantasma me quiera seguir mostrando.
Infinita.
Gracias por leerme. Si mi historia te resonó… es que algo está listo para cambiar en ti, o en quien amas.
Te escucho donde duele, para que sanes donde empieza.
🖋️ Eva Rojo
Enfermera y terapeuta integrativa